Sinaloa: Atrapada entre egos y orgullos
Sinaloa: Atrapada entre egos y orgullos
Por: Juan Manuel Acuña Salomón
Confundimos el orgullo de ser sinaloenses con la soberbia de creernos intocables. Mientras el primero nos une, el segundo nos está condenando al colapso.”
En Sinaloa, el orgullo siempre ha sido nuestra mayor virtud y, paradójicamente, nuestro veneno más letal. Hoy, el estado no se debate entre ideologías o proyectos de gran calado, sino entre egos inflados que no ven más allá de su propia nariz. Nos estamos peleando por ver quién tiene el camarote más lujoso en un barco que ya tiene el agua hasta el cuello.
Nuestro estado padece hoy una miopía colectiva en sus cúpulas. Cada grupo, cada familia y cada facción se ha dedicado a atrincherarse en su propia parcela, cuidando su pequeño feudo como si fuera una isla inmune al desastre. Pero seamos claros: si el estado colapsa, no quedarán vivos para enterrar a los muertos. Al final del día, todos pisamos el mismo suelo, y ese suelo se nos está deshaciendo entre las manos por la soberbia de no saber ser comunidad.
Lo que impera es el “yoísmo”. Esa mezcla tóxica de arrogancia, vanidad, engreimiento, presunción y petulancia que nos impide aceptar lo evidente: la ingobernabilidad nos está devorando. Sinaloa se ha convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven por reafirmación personal y no por estrategia. Es el orgullo de demostrar “quién manda aquí” por encima de la seguridad. Presumimos modernidad de aparador, pero mantenemos estructuras sociales casi coloniales. No nos faltan recursos; nos sobra testosterona política.
¿De qué sirve ser el rey de las cenizas? Parece que nuestros líderes prefieren gobernar sobre ruinas con tal de no compartir un ápice de poder. Si entendemos a Sinaloa como un organismo vivo, entonces estos egos son una enfermedad autoinmune. Si el corazón deja de latir porque cada “órgano” quiere mandar sobre el resto, el cuerpo entero colapsa.
Hoy estamos en terapia intensiva. Si no logramos que ese corazón vuelva a latir al unísono, nos convertiremos en la generación que heredó un estado vibrante y entregó un cementerio de egos. Hemos dejado de ser ciudadanos para convertirnos en espectadores pasivos de nuestra propia tragedia.
Este canibalismo por el orgullo sale muy caro cuando se paga con el futuro de todos. Hay que entenderlo de una vez: una mansión en un pantano, sigue estando en el pantano. Es momento de dejar de ser rehenes y pasar a la acción. Sinaloa necesita que su corazón lata de nuevo antes de que el silencio del colapso sea lo único.
