No basta el ¡Basta ya!

No basta el ¡Basta ya!

No basta el ¡Basta ya!

Por: Juan Manuel Acuña Salomón

 

La percepción de inseguridad en Culiacán y Mazatlán ha superado límites históricos. Pero seamos precisos: más que una percepción, es una realidad que nos sobrepasa. Sinaloa ha experimentado niveles de violencia, impunidad y desafíos al Estado de derecho que, en cualquier otra parte del mundo, habrían provocado cambios estructurales inmediatos.

El “¡Basta ya!” suele nacer como un estallido emocional; un grito simbólico necesario, pero insuficiente. Para que ese despertar sea efectivo, debe transitar de la catarsis a la estrategia. Implica la apropiación pacífica del espacio público —recuperar las calles con organización— y una vigilancia ciudadana activa que no descanse.

Ya es suficiente de quejas y diagnósticos. Aunque son necesarios para entender el problema, hoy urge pasar a la acción. ¿Hasta dónde estamos dispuestos los sinaloenses a sostener este silencio frente a la realidad que nos golpea? A casi dos años de que nuestras vidas dieron un vuelco, parece que nos hemos especializado en el lamento, pero hemos invertido muy poco en construir soluciones concretas.

Cada mañana, la radio, la prensa y la televisión nos inundan con malas noticias. Nos gana el morbo, mientras la esperanza se vuelve pasiva. Escuchamos mucho ruido, pero casi nunca propuestas reales.

Mientras tanto, los partidos de oposición parecen más ocupados en engrosar sus padrones y cuidar sus intereses personales que en ofrecer una ruta de salida. Para ellos, ocuparse de la situación actual parece ser una complicación innecesaria en sus agendas de poder. Vemos a aspirantes desfilando por noticieros, hurgando en el pasado y ensayando un mea culpa por lo que no hicieron cuando tuvieron la oportunidad. Aprovechan la coyuntura para hacer campaña sin costo, incluso utilizando la tragedia como plataforma para destaparse. Es el oportunismo por encima de la empatía.

La ciudadanía, por su parte, sigue paralizada. Ni siquiera los esfuerzos de activistas logran romper el letargo. El silencio en Sinaloa ha sido históricamente un mecanismo de supervivencia, pero hoy es nuestra mayor debilidad. Cuando digo que “probablemente ya sucedió todo”, no sugiero que no puedan venir eventos más graves, sino que ya se cruzaron todos los umbrales éticos y sociales que una sociedad funcional debería tolerar.

Es hora de cambiar el grito por el gesto. La verdadera fuerza del sinaloense no está en la queja estéril, sino en su soberanía. Por ello, propongo una acción contundente: la Marcha del Silencio y la Advertencia. Pero antes de avanzar, es vital escuchar su voz:

¿Están de acuerdo en realizar esta Marcha del Silencio y la Advertencia?

¿Qué fecha consideran que sería la más estratégica para demostrar nuestra unidad y fuerza?

Imagine usted la potencia de este mensaje: miles de ciudadanos caminando en paz, sin consignas partidistas ni discursos desgastados, pero con un movimiento unísono: todos levantando la credencial de elector. Al frente, una sola manta que dicte la sentencia definitiva: “Nos vemos en el 2027”.

Este acto simbólico tiene el poder de quitarle el sueño a cualquiera que aspire al poder. Es la forma más pura de decirle a la clase política —a los que están y a los que pretenden llegar— que su futuro profesional está en nuestras manos. Que ya no aceptamos diagnósticos de escritorio ni promesas de quienes ayer callaron.

El ¡Basta ya! dejará de ser un eco vacío el día que la indignación se convierta en estrategia electoral ciudadana. El costo de nuestro silencio ha sido demasiado alto; es momento de que ellos sientan el peso de nuestra memoria. Si no son capaces de garantizarnos el derecho a vivir en paz, nosotros ejerceremos el derecho de enviarlos al olvido.

Porque en el 2027, el silencio de hoy se convertirá en sentencia.

 

 

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juanmanuelacuna2027@gmail.com

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